Relatos

 Historia de un sirviente (1)

Capítulo 1. El comienzo de una gran historia



Si inclino la cabeza, entorno el ojo derecho, cierro el izquierdo y miro a través de la ventana de la casa de campo de mis padres en dirección del lago, veo el año de 1992, hace ya más de una década cuando tuve mi primer experiencia provocada en la adoración de pies femeninos, antes ya, desde luego, y como en casi todos los casos mis inclinaciones se habían manifestado en el entorno de mi familia, con mi propia madre, mi hermana y algunas primas; nada digno de narrarles, sino simples acercamientos, lo importante radica en que desde muy temprana edad comencé a notar cuales eran mis preferencias: los encantadores pies de las mujeres que me rodeaban.

No se trataba de una atracción visual, sino que desde la niñez fueron surgiendo en mí, deseos de tener a mi alcance los pies de una mujer para poder acariciarlos, besarlo, o simplemente olerlos; no recuerdo a ciencia cierta cual fue mi primer experiencia en este tema, sin embargo si se que fue un tanto torpe, situación que se repitió durante las siguientes ocasiones hasta poder controlar los nervios y la emoción que me provocaban esos acercamientos.

Transcurrieron los años, comencé mis primeros noviazgos y fue hasta entonces que manifesté de diferentes formas mis inclinaciones hacia la parte que consideraba más excitante de mis parejas, por fin sin ningún sentimiento de culpa, me rendía ante los pies de mi pareja, buscaba consentirlos y dedicaba gran parte de mi dinero en regalos relacionados con ello, zapatos, sandalias, pulseras, esmaltes, tratamientos etc., sin embargo ninguna de ellas encontraba en mi preferencia un gusto especial, simplemente se dejaban consentir sin que ello les significara una atracción especial, en ciertos casos, también fue objeto de desinterés total por parte de alguna de ellas.

Pasaban los años y cada vez más crecía en mi el pensamiento de que mi fijación por los pies de las mujeres se limitaría a las experiencias que he comentado en el párrafo anterior, sin embargo fue hasta el año 2000, cuando conocí a Ana (mi actual novia) de quien por mucho, jamás llegue a pensar de que con ella alcanzaría los más altos placeres, cumpliendo una a una todas mis fantasías desarrolladas y perfeccionadas por el transcurso de mi vida, mismas que tratare de ir narrando a detalle cada una en su totalidad, Ana es una mujer de 25 años, en aquel entonces tenía 23, que pertenece a una clase privilegiada de nuestra sociedad, es la segunda de cinco hermanas, y sin duda es la más guapa de ellas, tiene un padre sumamente consentidor, y a quien siempre le importo su educación y preparación profesional, fue educada en una de los mejores colegios del país y siempre tuvo a su alcance todos los privilegios de una niña de su condición, por estos motivos el padre ha sido hasta la fecha muy exigente en cuanto al comportamiento de sus hijas, razón por la cual Ana, estuvo reprimida en muchos aspectos durante largos 23 años, uno de ellos la virginidad conservada con temor durante ese tiempo, debido a que hasta ese entonces no había formalizado ninguna relación en virtud de que a su juicio nadie hasta entonces “había merecido la pena”. Mi situación familiar sin poder compararse a la de Ana, no es del todo distante, los esfuerzos de mis abuelos y padres nos han permitido a los integrantes de mi generación guardar una posición cómoda y muy estable, que ha servido de base para continuar un camino ascendente.

Hasta aquí los antecedentes de una historia que ha cambiado el rumbo de nuestras vidas; en adelante se enteraran de los detalles de las fantasías experimentadas de mutuo acuerdo y aquellas que originadas de la espontaneidad de alguno de nosotros nos han hecho vibrar hasta convertir a nuestro noviazgo un estado pleno entre amor excitación y satisfacción.

Todo comenzó como cualquier relación normal, con relaciones sexuales comunes en donde descubrí las partes más interesantes del cuerpo bien formado de Ana, donde desde luego resaltaban sus pequeños pies, perfectamente bien cuidados, con una pedicura siempre oportuna y reciente que les daban el toque de sensualidad que solamente unos pies femeninos pueden imprimir en una relación erótica, me daba cuenta que a Ana nunca le disgusto la forma en que yo consentía sus preciosos pies, por el contrario, podía percibir en ella un gusto especial y distinto al resto de mis anteriores novias, pues en cada acto discretamente, como es ella, propiciaba el acercamiento entre sus adorados pies y yo.

Paralelamente a estos primeros destellos de fuego, los problemas que atravesábamos consistían en la obsesión de Ana por que yo me mantuviera al margen de cualquier relación con otra mujer, argumentaba de manera muy inteligente un sentimiento de inseguridad frente a otras mujeres que le provocaban celos incontrolables y que por lo tanto redundaba en cierta inestabilidad durante nuestro noviazgo, no quisiera distraerme más en detallar las experiencias vividas por esta situación, que sirva simplemente de referencia del origen de nuestra actual posición, pues gracias al empeño que pusimos para que Ana tuviera más confianza en mi y que todos esos pensamientos se alejaran de su mente, hemos llegado a experimentar una doble vida envuelta en fantasías y experiencias inimaginables; juntos concluimos que más allá de necesitar ayuda profesional de psicólogos o especialistas, lo que necesitaba nuestra relación eran “terapias” (desde entonces así llamamos a nuestras cesiones) de pareja en las cuales ella pudiera ejercer un dominio total sobre mi para que fuese adquiriendo más confianza y experiencia de cómo poder controlar a un hombre sin que cayera en escenas o desplantes de celos derivados de su inseguridad, el objetivo era montar experiencias que le ayudaran a forjarse un carácter y una manera de seducir la voluntad de su hombre de manera sutil y sensual, pero a la vez firme y dominante.

Como se imaginaran de mi parte existía una tremenda emoción y excitación por lo que pudiera derivarse de estas “terapias” sin imaginar que para ella también significaba un sueño cumplido el poder someter y dominar a un hombre, contando para ello con su propio consentimiento.

Nuestras primeras “terapias” consistían en rentar habitaciones lujosas dentro de un hotel que generalmente brindara una buena vista de la ciudad (esa era una de sus primeras exigencias) para entonces cada uno de nosotros asumir el papel tan trillado (y no por ello menos excitante) de ama y esclavo, en la cual yo pasaba la mayor parte de las horas a su total servicio y disposición, realizando actividades de servidumbre que le permitían a ella gozar de una sesión completa de descanso y tratamientos de belleza, pues además de dormir, en casi todas las etapas, era sometida a tratamientos de belleza aplicados por mi, desde mascarillas faciales baños de tina con aceites exóticos, como los de leche de cabra (sus favoritos), sesiones de masaje, pedicura y cambio de esmalte en las uñas, además de recibir todos sus alimentos servidos en charolas de plata que tomaba prestadas a su madre, y que le eran dados cuidadosamente en la boca, sin que realizara ella ningún esfuerzo más que el de digerirlos; No siempre teníamos actividades para el tiempo entero que duraban nuestras cesiones de “terapia”, de ahí que pasaba largos ratos sentada simplemente frente al gran ventanal de la habitación, leyendo o meditando, mientras que su esclavo servía para ella según su voluntad las veces de silla en la cual descansaba, otras de taburete en el que reposaba en alto sus finísimos pies y hasta en ocasiones de tapete para que pudiera juguetear con sus pies en todo mi cuerpo, sin restricción alguna, intercalando durante esos lapsos periodos de adoración de sus pies hasta que ella lo quisiera.

Tengo que confesar que si bien nunca antes ninguno de los dos habíamos experimentado en carne propia vivencias de este tipo, con el paso del tiempo fuimos encontrando en ellas cierta monotonía que nos empujo a salir de ella a través de actos más cotidianos, sin exageraciones, pero que sin duda por las circunstancias en que se presentan aunado a la intervención de terceras personas que desconocen nuestra real situación, han resultado mucho más excitantes.

En narraciones próximas les contaré como nuestra relación ha ido evolucionando hasta convertirse en una relación entre la señorita Esmenjaud (Ana) y su mozo y chofer Ramiro (yo) en la cual ya intervienen terceras personas, como cuando la señorita Esmenjaud es conducida por su chofer y guardia personal Ramiro Pérez a la zona más exclusiva de la ciudad de compras y realizarse tratamientos de belleza mientras es atendida por el personal de las tiendas, del salón de belleza y el propio Ramiro, o bien cuando este la conduce a su casa de campo con amigas ocasionales y lejanas (por aquello de que no me identifiquen) para atenderlas durante la estancia sirviéndoles de mucamo mientras ellas se divierten asolean y requieren los servicios de manicura y pedicura de Ramiro, quien ha sido entrenado para proporcionar esos servicios a su patrona. Contaré igualmente lo que pasa por la mente de Ramiro mientras conduce a su patrona a casa de amigas, amigos, reuniones o fiestas, y clubes nocturnos esperándola a la puerta del coche y estando atento a los requerimientos que por radio hacen tanto la señorita Esmenjaud, como sus acompañantes para mandarlo por más bebidas, cigarros, recoger a algún despistado que no da con la dirección hasta altas horas de la madrugada etc. También contare como la señorita Esmenjaud conoció a Marcos un joven de clase media baja a quien sorprende por su belleza y atrevimiento pero también por su dinero e infinito poder al cual el pobre Marcos aspira mientras intenta conquistarla y estabilizar una relación que le permita acceder a ese codiciado y prometedor mundo, mientras Ramiro por consecuencia se convierte en testigo de acercamientos (ya muy íntimos) entre ambos y sirve de mozo que atiende los deseos de la pareja.

Son ya muchas y muy variadas las sesiones de “Terapia” que hemos mantenido a lo largo de más de 2 años y medio de noviazgo, de ahí mi interés de plasmarlas por escrito, para que sirva de inspiración a otras parejas, para que se decidan abrirse y poder convivir en plena satisfacción de los deseos más ocultos lleven dentro de ellos.

Hasta la siguiente....

Historia de un sirviente (2)

Capítulo 2. Una mañana con mi ama



Aún no puedo controlar mi sorpresa en distintas etapas de la vida, cuando parece tener todo un rumbo muy definido, sin más, en un solo instante suceden cosas que literalmente significan un volantazo en el camino. Esta sensación la experimente hace ya casi dos años cuando, en el viernes de una semana muy pesada de trabajo cerca de la medianoche y ya para salir de la oficina, me percate que en mi cuenta de correo electrónico resaltaba un mensaje sin leer aún de Ana, en su papel de la señorita Esmenjaud, al cual tituló “Instrucciones para Ramiro Pérez”, mi corazón palpitó aceleradamente agotando las fuerzas que me restaban, no resistí la tentación y me dispuse a abrirlo.

Se trataba de un mensaje breve en el que se describía sin detalles las actividades a realizar para el día siguiente en la caracterización de nuestros papeles más deseados, como ya lo dije, al momento de terminar de leer ese mensaje escueto y contundente el viernes agotaba su existencia para dar paso al día que en definitiva transformo la vida de mi patrona y la mía.

Lo común, luego de una semana en la que dedicas tu cuerpo y mente a las actividades laborales, dejando de lado y en un segundo término el resto de tu vida, la pareja suele dramatizar su posición, misma que solo puede cambiar mediante un fin entero dedicado a las generalmente aburridas y cursis actividades de su preferencia y en algunas otras mediante regalos que sacien ese sentimiento mal entendido de abandono; definitivamente este no es el caso, para la señorita Esmenjaud la forma de compensar la ignominia de la semana, consistía en darse uno de sus mas grandes placeres, lo cual significaba de manera implícita la dualidad en el sometimiento y satisfacción de su mozo personal.

Así pues y como si se tratará del comienzo de una mañana después de un reconfortante descanso (vaya manera de cargarnos de energía cuando se trata de satisfacer nuestros deseos) a la media noche del viernes comencé a preparar los instrumentos de nuestra nueva sesión de “terapia”. La preparación termino casi cuatro horas después por lo que el sábado comenzó para Ramiro con solo dos horas de sueño y descanso, pues a las seis de la mañana debí de bañarme y someterme a la caracterización de sirviente, con ropa expresamente comprada para nuestras sesiones (trajes de vestir de ínfima calidad los cuales eran portados con combinaciones y la propiedad de la gente que desempeña esos servicios).

La primera instrucción consistía en despertar de manera sutil a través de la ventana de su cuarto a la señorita Esmenjaud, quiero hacer notar que quizá eso en esencia no ameritaba un empeño especial, sin embargo para ubicación del contexto, es importante señalar que la ventana de la señorita se encontraba en el segundo piso de la casa de sus padres, por lo que para cumplir con su orden se requería introducirse en la casa sin que esto implicara tocar o despertar el sueño de la familia a las siete de la mañana del sábado. Una vez en la marquesina de la ventana, Ramiro debería tocar hasta que lograra despertar a su patrona para entonces pasarle un jugo de toronja, el yougurt de su preferencia y solamente tres de las secciones del diario local que la señorita Esmenjaud acostumbraba leer (Sociales, Espectáculos y Moda), así fue; a partir de ese momento siguiendo con las instrucciones me dedique durante las siguientes dos horas a preparar los elementos que completarían la fantasía de la señorita Esmenjaud, para que una vez terminados me apostara a las afueras de su residencia a esperar el momento en el que ella decidiera salir para emprender la continuación de ese maravilloso día.

Mientras tanto mi patrona tomaba con toda calma la espera, pues en tanto me desplace a recoger la camioneta de su elección, ajuste los asientos en la forma en que lo especifico, limpie los interiores y exteriores con el más cuidadoso de los esmeros, compre las revistas que sabía eran de su agrado para que no pudieran quedar lugar para su aburrimiento en el trayecto que nos esperaba, reserve para las 9:30 de la mañana una sesión de manicura, pedicura, corte y peinado de cabello; y seleccione cuidadosamente cada una de las frutas que complementarían su desayuno, mismas que fueron finamente picadas y servidas en un también lujoso plato; ella se limito a dormitar media hora más, tomar el desayuno liquido que le fue ofrecido, hojear las paginas del periódico que parcialmente le fue entregado , hasta decidirse por darse un relajante baño de tina el cual se prolongo más de lo debido para finalmente dar pie a su arreglo personal el cual realizó con mucho esmero.

El reloj marcó las ocho de la mañana con cincuenta y cinco minutos, afortunadamente terminé mis actividades 5 minutos antes de lo hora indicada, pues más tarde me enteraría que la señorita Esmenjaud, no tolera la impuntualidad, sin embargo espere a la puerta de la casona, con la camioneta más lujosa en el mercado, la salida de mi patrona por más de 20 minutos, lo cual me provoco más nervios de los que podía controlar (la aparición de cualquier miembro de su familia o vecinos me aterraba, dadas las condiciones de mi presencia); la espera valió la pena, en punto de las 9:15 su hermoso y semidesnudo pie izquierdo cruzó el umbral de la puerta, calzando unas sandalias de vestir en color negro que dibujaban una “V” en su empeine cuya marca ostentaba el apellido del diseñador italiano más famoso y exclusivo de nuestros tiempos, así nada más debajo de sus adorables y hermosas plantas, sus uñas sin esmalte reflejaban la parte del día que vivíamos; con dificultad puede alzar la mirada para simplemente percatarme de que también se encontraban al descubierto gran parte de sus piernas seguidas de una diminuta falda en color negro y con grandes aberturas en los laterales, de una tela tan sutil que por detrás dejaba clara la arrebatadora tanga de hilo que cubría la división natural de sus firmes y generosos glúteos, en la parte superior contrastaba con el perfecto bronceado de su blanca, piel el pálido color de la blusa escotada que dejaba al descubierto la delicada espalda enmarcada por sus hombros mínimos y al frente quizá uno de los atributos que en su caso y para los demás llame más la atención: su espectacular busto de dimensiones y textura ideales, el cual está exento de caer en exageraciones vulgares.

Petrificado estaba yo, cuando su firme andar me liberó para apresurarme a abrirle la puerta trasera de la camioneta, al mismo tiempo de dirigirle mi saludo de bienvenida y buenos días el cual como es obvio ignoró por completo y como no iba a hacerlo si una diosa así no debe dignarle el mínimo de los reparos a los mortales que la rodean; acto seguido expuse la explicación de los servicios que gozaría en el transcurso del recorrido a lo que ella contesto: -” Ramiro, acaso piensas que soy estúpida igual que tu, los servicios fueron requeridos por mi y pobre de ti si faltaste a alguno”... se introdujo a la camioneta y dirigió una nueva orden con la voz firme que tan adorablemente le caracteriza –“ Quítame mis sandalias, colócalas en el estuche de madera que pedí que trajeras y pon debajo de mis platas el cojín que uso para el descanso de mis pies”... nuevamente obedecí sus ordenes sin chistar pero invadido por el pánico escénico que me provocaba servirla en la zona y ubicación que nos encontrábamos, coloque sus finas sandalias en la caja de madera que me solicito en su listado de requerimientos, cerré la puerta y encamine hacia el volante dando la vuelta entera a la camioneta para iniciar el traslado al salón de belleza más “in” de la ciudad.

-“Baja mi ventana un poco, ...no, aún más; ... sintoniza el radio hasta donde yo te pida, ...ahí, ...terminó la canción, ... continua sintonizando; ... sube mi ventana que me ha dado frió; ...baja la velocidad que me mareo al leer mi revista; ...en el primer semáforo en rojo detienes la camioneta para retirarme el plato con la fruta que sobró, .. te pedí fruta fresca, ...no fui clara?; ..., baja el volumen de la radio, ... llama por el móvil para decir que vamos atrasados y que requiero a cuatro empleadas del salón a disposición para mi servicio pues solo dispongo de una hora para que terminen mi arreglo,” fueron algunas de las ordenes que recibí durante los 20 minutos de trayecto de su residencia hasta el salón de belleza, mientras ensimismado pensaba solo en dos cosas, la primera, relacionada con mi incertidumbre por no saber lo que me esperaba mientras a ella la atendían, pues nunca habíamos tenido hasta entonces una terapia frente a la demás gente y por otro lado me inquietaba el hecho de que cuando descalcé sus irresistibles pies no me pidió que los adorara, es más ni siquiera me solicitó un sumiso beso de bienvenida, ¿acaso había hecho algo mal?, ¿que fue lo que le disgustó para abstenerse de ese placer que solo ella sabe gozar?, por supuesto que al meditarlo recordé que durante la semana en nuestra vida cotidiana de pareja no había tenido tiempo para verla y por lo tanto, no me permitiría gozar en esa magnitud hasta que hubiese vengado mi osadía.

Llegamos al salón de belleza que se encontraba en el extremo norte de la ciudad en uno de los dos barrios de más plusvalía (el otro es precisamente donde ella y su familia vive) en cuanto estacioné la camioneta justo en frente de la puerta de entrada me ordeno bajar y dirigirme con la encargada en jefe del establecimiento, para anunciar su llegada, y pedir que tuvieran listo aquello que pudiese faltar para su atención, la encargada del lugar, de apariencia nórdica, con el característico desdén que emplea para dirigirse tanto a sus empleadas como a los de sus clientes y no obstante estar acostumbrada a las excentricidades de su clientela, no dejó de mostrar cierto asombro combinado con la curiosidad de recordar cual de sus más distinguidas clientes optaba por anunciar esa entrada tan ostentosa, espectacular e intimidante, pero no, no pudo recordar el apellido de quien anunciaba el modesto y servicial empleado. Alistó a su gente y me indicó que la señorita Esmenjaud podía pasar a disfrutar de sus servicios, volví a la camioneta no sin antes pasar por la puerta trasera y recoger la caja de madera con las sandalias de mi patrona, abrí la puerta y en plena calle deslicé una a una el par de sandalias para después terminar por retirar el cojín de seda que soportaba con delicadeza el descanso del objeto de mi obsesión, ese maravilloso par de pies, me dirigí apresurado para abrir la puerta del salón , no sin antes entregarle en propia mano su bolso, el teléfono móvil y el radio de onda corta que la gente de poder usa para localizar a su equipo de seguridad o sus choferes cuando estos no pueden entrar a los lugares que sus jefes visitan, para que antes de que cerrara la puerta del establecimiento después de su paso, me indicara con su tono firme y despectivo que no tirara la fruta que dejo en el desayuno, que comiera de ella pues consideraba un desperdicio convertir en basura algo que está al alcance de gente de mi nivel, ¿se puede humillar de manera tan contundente a alguien con una frase tan pequeña?!!!.

Una vez que ingreso a recibir sus servicios me dirigí a la camioneta a cerrar vidrios y ventanas para esperar al pie de la misma las indicaciones que sabía me ordenaría en cuanto se acordara de mi presencia, afortunadamente para ambos el lugar que le asignaron se encontraba justo en frente del gran ventanal con vista a la calle desde donde yo tenía la mejor de las posiciones para ser testigo de la atención de reina que le esperaba, fue así que volví a ubicarla dentro del inmueble venía escoltada por su séquito de cuatro empleadas con apariencia de mucamas, las cuales eran precedidas por la encargada en jefe del lugar, dispusieron para ella un asiento en piel color rosa tipo “reposet” para que pudiera descansar mientras era atendida, para de inmediato acercarle el equipo necesario; fue entonces cuando a través del radio de onda corta vino mi primera instrucción -“Ramiro, tráeme mis sandalias de pedicura (las habíamos comprado en nuestro último viaje a USA, precisamente para cuando ella se sometiera a este excitante tratamiento) y llévate estás”. Afortunadamente no olvide lo que claramente me indicó desde su e-mail de la noche anterior, esas sandalias que son el mayor lujo que una verdadera amante de los tratamientos de pedicura se puede dar, me dirigí hacia ella seguido desde mi ingreso y hasta mi presencia ante ella por la mirada incesante de las más de 20 empleadas del lugar (pues aun y por la hora del día no había otra cliente) quienes contemplaban incrédulas la escena de dominio, control y a la vez sumisión de un hombre ante tal mujeron.

-...“Pónmelas y guarda bien estás” atinó a ordenarme firmemente al verme dudar y sudar por la humillación pública a la que era sometido ante una boquiabierta encargada en jefe quien no podía creer lo que veía, regrese a mi posición de guardia mientras ella disponía, por lo que se podía apreciar, del acomodo a su gusto de las empleadas, el sillón y los artículos que le instalaban. ¡¡Vaya escena!! una mujer notablemente superior a las demás que le acompañaban en el acto, cómodamente instalada en su asiento; a sus espaldas una mujer que se ocupaba del corte y peinado de su delicado y bien cuidado cabello; a sus costados dos mesas que soportaban el equipo de manicura y el recipiente de agua en el que introducía sus manos como antecedente del comienzo; a sus hermosos pies una mujer, quien trataba de encontrar la combinación perfecta entre agua caliente y fría y las sales y aceites que complacieran a la exigente cliente que en más de una ocasión negaba la satisfacción que se pretendía para sus pies y como colofón de una escena soñada, un perro guardián a las afueras de lugar con las manos atrás esperando y siendo testigo de la escena que no he podido ver repetida fuera de las fantasías de los fetichistas y sumiso, y que ni siquiera algún director erótico había plasmado con tanta precisión.

Continúa....

 

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