Reconversión matrimonial

Elise Sutton (Sobre Elise Sutton)

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Reconversión matrimonial

Amanda L
Texto traducido de Elise Sutton.

Querida Elise, disfruto mucho de tu web. Acabo de
leer todo lo alojado allí acerca de la infidelidad.
Algunos textos describen experiencias exitosas,
mientras otras historias destacan los aspectos
negativos. Mi experiencia ha sido muy positiva y
quiero compartirla contigo, y conocer tu opinión.
He estado casada con mi marido los últimos
quince años, y le he sido infiel los últimos siete. La
manera en que comenzó fue probablemente
bastante normal. Mi marido no atendía mis
necesidades, apenas tuvimos relaciones sexuales
después de nuestro primer año de matrimonio, y
cuando las tuvimos no fueron satisfactorias. No
era muy bueno proporcionando sexo oral y no
permanecía erecto el suficiente tiempo para
proporcionarme placer.

A los veintinueve años, me mantenía en buena
forma, iba al gimnasio, corría y participaba en
triatlones (todavía sigo haciendo las tres cosas a
los 37). Él, al contrario, sólo trabajaba, se
emborrachaba y veía la televisión. Es dos años
mayor que yo, pero no se cuidaba nada, y se le
notaba. Mi frustración fue creciendo y acabé
teniendo una relación con un colega que conocía
en el gimnasio. La historia duró un año; y el sexo
fue fantástico. Sin embargo, me sentí aliviada
cuando mi amante se trasladó. Me sentía culpable
a causa de la relación; no porque tuviera
relaciones sexuales con otro hombre, sino porque
no se le había contado a mi marido.

Durante todo ese tiempo mi marido parecía no
tener ninguna curiosidad. Puede que fuera porque
soy mucho más activa que él, y las llegadas por la
noche y los “viajes de trabajo” no levantaron
ninguna sospecha. O quizá no le importara. En
cualquier caso, decidí intentar que nuestro
matrimonio funcionara; pero las cosas
empeoraron. Un día, cuando entré en su cuarto de
trabajo, le cogí masturbándose delante del
ordenador, me puse tan completamente furiosa
que ahora pienso que fue desproporcionado para
lo sucedido. Pero la furia desató algo en mí que
me transformó. Le cambió a él y cambió nuestro
matrimonio. Le dije que le había perdido el
respeto, que era un patán y un engorro, que no
valía nada como amante. Le dije que mientras se
estaba haciendo pajas frente al ordenador, yo
había tenido una historia con un hombre que me
respetaba y que sabía cómo satisfacerme. Le dije
que quizás había llegado el momento de
considerar la posibilidad de divorciarse.

Me suplicó que le perdonara. Me dijo que haría
cualquier cosa, me imploro que le dejara quedarse
y admitió que había sido un patán desconsiderado,
y, literalmente, comenzó a llorar. Le pregunté que
con qué frecuencia se masturbaba, y admitió
hacerlo cada día desde que nos habíamos
casado. Esto me enfureció más. Hasta donde
alcanzaba a ver (y como lo sigo viendo), el había
sido el esposo infiel en este matrimonio, no yo. Me
había engañado cada día, masturbándose con las
fotos de otras mujeres, o fantaseando acerca de
ellas y negándome la satisfacción que me
merecía. Le dije todo eso, y finalmente le ofrecí un
trato. Lo coges o lo dejas. Fue algo como esto: si
quería permanecer casado conmigo, tendría que
aceptar que yo necesitaba auténtico sexo con un
verdadero hombre. Le dije que jamás volvería otra
vez a esos mediocres momentos que habían
pasado como nuestra vida sexual. Lo que
significaba que tendría amantes. También le
comuniqué que no aguantaría que se masturbara
en nuestra relación, y que no me fiaba de que se
controlara el mismo. Y, desde luego, todo sin
mencionar que esperaba que hiciera las tareas de
la casa y asumiera sus responsabilidades
domésticas.

Resulta divertido volver la vista atrás. No podía
creer que todas esas palabras hubieran salido de
mi boca, y tampoco podía creer que lo que
demandaba se acabaría convirtiendo en realidad.
Pero así fue. Nuestras vidas han cambiado, y para
mucho mejor, desde que solté aquellas frases. Mi
marido ha permanecido casto desde hace ahora
cinco años (en julio fue el quinto aniversario de su
castidad, y lo considero nuestra nueva fecha de
aniversario de bodas). Lo que me sorprende es lo
sumiso que ha llegado a ser, y como ha
progresado esa sumisión. Aprendí rápido que
permitirle una eyaculación cada pocas semanas
era una mala idea, se volvía vago y poco atento.
Así, durante los últimos cuatro años y medio, no
ha tenido posibilidad de eyacular... de una forma
tradicional. Utilizo mi doble consolador cuando
quiero recompensarle con un ordeño anal. Me
estimula penetrarle con esos veinte centímetro de
grueso plástico. Experimenta un orgasmo lento y
largo (parecido al de las mujeres), pero no
eyacula; le satisface, pero le deja frustrado y
caliente. Y se ha convertido en un experto en la
tarea de complacerme oralmente. También le
permito lamer mi culo y mis pies.

No perdí el tiempo para encontrar un novio.
Siendo atractiva y estando en buena forma, me
resultó fácil. Tenía muy claro lo que quería, y el
tipo de matrimonio que deseaba. Eso eliminaba a
algunos hombres, pues sería demasiado extraño
para ellos. Después de cinco o seis intentos,
descubrí al “Señor Apropiado”, su nombre es
Steve, y es grande, muy grande, en todos los
sentidos. No está casado, y sabe cómo complacer
sexualmente a una mujer de muchas maneras.
Creo que debe ser el mejor amante del mundo, y
yo la mujer más afortunada. Tenemos una relación
exclusiva. Los fines de semana los pasamos
alternamente en su casa o en la mía, y él pasa
algunas noches entre semana en nuestra casa. A
todos los efectos prácticos, vivimos juntos, pero yo
insisto en disponer de al menos uno o dos días a
la semana sola, por mi marido. El dormitorio
principal está reservado para él cuando está aquí.
Mi marido ha asumido la situación bastante bien,
aunque a veces le asaltan las dudas. He
descubierto que mantenerle ocupado es un buen
sistema para que esté concentrado en lo que
debe. Ha acabado siendo mi criada, mi
mayordomo, mi chofer, mi hombre del bricolaje, mi
camarero y mi esclavo. Cada noche antes de
acostarse, mi cornudo se arrodilla, besa mis pies y
me da las gracias por ser su Ama.
Le amo profundamente, pero nunca ha
desaparecido mi ira por los años anteriores de
matrimonio. Mi componente sádico se adueña de
mí en ocasiones, y le provoco despiadadamente.
La última semana, mientras Steve estaba viendo la
televisión en el sofá, me tumbé junto a él, puse mi
cabeza en su regazo y le masturbé lentamente
durante un buen rato. Mi marido estaba sentado
en una silla enfrente de mí, le miré directamente a
los ojos, y le dije: “no hechas de menos que te la
chupe”. “Desde luego”, dijo. “Lástima que esto no
vaya a ocurrirte a ti nunca”. De repente, Steve
explotó en mi boca. ¡Este hombre no puede evitar
una descarga! Normalmente, recojo el esperma en
mi boca y le doy a mi marido un gran y húmedo
beso si se la he chupado a Steve en su presencia.
Pero esta vez, para su disgusto, me lo tragué todo.
¿Por qué podría estar disgustado? Bueno, las
únicas oportunidades que tiene de besarme son
cuando mi boca está llena con la corrida de Steve.
Punto. Lo mismo ocurre con la posibilidad de
lamer mi coño. Mi marido no puede tocar mis
pechos nunca. Le permito lamer mi culo cuando
estamos solos entre semana –y sólo si ha hecho
un trabajo superior con sus obligaciones
domésticas–. Y, desde luego, besa mis pies
diariamente.

Dejo el ordeño para cuando estamos solos. Con lo
me gusta humillar a mi marido, este es uno de los
actos que es sólo entre el cornudo y su mujer. Es
uno de nuestros más intensos e íntimos
intercambios, casi espiritual. Es para mi marido y
para mí, y es una parte de nuestra vida para no
compartir. Después de dedicar una hora a
vapulear su culo, aporreando ambos carrillos bien
fuerte con una paleta, se siente como transportado
a otro lugar. Me da las gracias profusamente, se
arrodilla y adora mis pies. Algunas veces, le brotan
lágrimas de felicidad. Si, de felicidad.

Soy adicta al poder que tengo sobre él, y disfruto
de la mejor vida sexual del planeta. Hay algo
delicioso y conveniente en tener sexo casi cada
noche, frecuentemente durante horas y horas, y
que mi marido no haya podido tenerlo, ni siquiera
acariciar su propio pene, durante cinco años.
Cuando el sorbe el esperma de Steve de mi coño,
sé que le poseo. Me siento poderosa y
estupendamente, tan afortunada por disfrutar de
un hombre para el sexo y de un esclavo que me
adore y cuide de mí.

Es una suerte, supongo, que no haya podido tener
hijos, hubiera acabado preñada muchas veces
durante los últimos siete años. Steve y yo nos
iremos de vacaciones a Europa en el otoño. Mi
cornudo piensa que no está invitado, pero también
irá. Planeo sorprenderle en el último minuto. Creo
que se merece venir con nosotros, como
recompensa por el drástico cambio que se ha
producido en su vida. Les quiero a ambos. Sabes,
Elise, me doy cuenta de que toda la historia suena
–bueno, como un cuento–. Si leyera esto de
alguien, no me lo creería. Algunas veces, la
realidad es más increíble que la ficción. Soy
consciente de que tienes reservas acerca de la
infidelidad, e imagino que esto no funcionaría para
muchas parejas; pero, definitivamente, ha
funcionado para nosotros.

Nuestras vidas hancambiado irrevocablemente,
mucho y para mejor

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